Siempre haciendo el amago de dejarme ir,
pero nunca claudicante, nunca.
Entramado de cuerdas lujuriosas y frías,
pendiéndome sobre ese vacío
a veces anhelado...
Si al menos me hubieras dejado libre al completo...
Mi única defensa era hacerme la muerta entre tus redes
¡araña observadora! un ojo entreabierto quasidormitando.
Y entonces batí las alas fuerte, estrepitoso estruendo de cadenas cristalinas rompiéndose en pedazos.
Ahora lloras en lo oscuro de tu recoveco, araña observadora,
rezando porque me acerque aleteando con coqueto vuelo
para envolverme en la tela
para morder mi cuello.
Ni lo sueñes.



